sábado, 26 de noviembre de 2016
Un hombre está en la cocina. El aire es espeso de fritanga y serpentea el humo de varios cigarrillos olvidados por cualquier parte a medio consumir. El volumen de las canciones de Deep Purple es atronador mientras él permanece inmóvil delante de la sartén con la mirada fija en algún lugar del aturdimineto. Luego el grito ___ viene a romper su concentración y el hombre ____ a correr hacia el pasillo y se lanza sobre las pesas. Las eleva lentamente. Las sostiene sobre su cabeza con los brazos completamente levantados y toda la fuerza de sus pulmones se consumen en la emisión de un fortísimo gemido y un sordo lamento. El gemido y la música se (extinguen) agotan al mismo tiempo. La canción comienza de nuevo.
Dice que quien pelea está vivo y que dejar de luchar conlleva la muerte. O la no existencia. Pero se equivoca. Me zalamea para que pase horas mirándolo. Mientras cocina, mientras hace ejercicio, mientras ensaya la voltereta de Mikel Jackson, mientras trabaja o pronuncia el mismo discurso de Hillary Clinton una y otra vez para practicar el acento estadounidense. Para que finja ser la interlocutora de un diálogo que él entabla consigo mismo. Horas y horas sin permitirme desviar la atención hacia ninguna otra cosa. Sin dejar que me dedique a ninguna actividad que no sea contemplar su actuación. Es porque el hombre perdió el último espejo en que se miraba y ahora le cuesta reconocerse. Ahí es donde radica la existencia. El hombre necesita un público, necesita que alguien le reconozca para concebirse a sí mismo. El hombre exige que se reconozca su lucha. El hombre necesita ser tenido en cuenta.
Dice que quien pelea está vivo y que dejar de luchar conlleva la muerte. O la no existencia. Pero se equivoca. Me zalamea para que pase horas mirándolo. Mientras cocina, mientras hace ejercicio, mientras ensaya la voltereta de Mikel Jackson, mientras trabaja o pronuncia el mismo discurso de Hillary Clinton una y otra vez para practicar el acento estadounidense. Para que finja ser la interlocutora de un diálogo que él entabla consigo mismo. Horas y horas sin permitirme desviar la atención hacia ninguna otra cosa. Sin dejar que me dedique a ninguna actividad que no sea contemplar su actuación. Es porque el hombre perdió el último espejo en que se miraba y ahora le cuesta reconocerse. Ahí es donde radica la existencia. El hombre necesita un público, necesita que alguien le reconozca para concebirse a sí mismo. El hombre exige que se reconozca su lucha. El hombre necesita ser tenido en cuenta.
sábado, 15 de octubre de 2016
Envíeme pues al fuego, que iré como a una fiesta. c'est trop Tengo un cuerpo así: como un órgano de iglesia. Eso es vodka. ¿Vodka? Pues vodka. Para mí, padrecito, todo lo que se echa en vasos se puede beber. O sea que se me ha abierto un agujero que quiere tragárselo todo. ¿Quéeeee? ¿Sentido moral? ¿Y qué licor es ése? ¿De qué frutas? ¡Hum! ¿la cara? Diga mejor que es un hocico, o unos morros, pero cara, no, ¡no diga que eso es una cara, que me subleva!
martes, 11 de octubre de 2016
domingo, 9 de octubre de 2016
Del griego aisthanumai (a˝suånomai) palabra que se refiere a la percepción sensible. El término estética fue recuperado en el siglo XVIII por la filosofía alemana para designar una teoría de la percepción, especialmente la percepción de lo bello y lo terrible; en consecuencia, el término llega a asociarse con la percepción artística. Uno de los textos más influyentes de la teoría estética es la Educación estética del hombre de Friedrich Schiller, publicado a fines del siglo XVIII, donde el autor plantea una conexión entre el individuo y el estado moderno a través de la experiencia estética. Para Schiller, la experiencia estética sirve para unir las esferas de la sensibilidad y la razón, la particularidad y la universalidad, de tal modo que resista la creciente fragmentación de la condición humana en la modernidad. La idea schilleriana de la educación estética se diseminó en el liberalismo del siglo XIX en hispanoamérica y tuvo fuertes repercusiones en varias instancias del siglo XX en que se consideraba el arte y la cultura como pilares de las naciones-estados.
Latino América <3 p="">3>
jueves, 29 de septiembre de 2016
Clara no pienses en ningún momento que te quiero porque sí. No creas nunca que mi forma de adorar el modo en que te enredas el pelo no está colonizada. Ocupada. Mediatizada. No te quiero porque sí. Mi amor no es puro pero es maravilloso. Te quiero porque no quiero estar. Te quiero porque no quiero ser partícipe. Te quiero porque no quiero sucumbir a la modorra colectiva. No te quiero por tu piel por tu pelo por tu boca.Te quiero porque quererte es mi posicionamiento y mi profanación. Mi amor por ti es el puro plomo y el gatillo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)